Con la paz y la palabra, a por ellos.
Hubo un tiempo en el que la libertad estuvo coaccionada por el plomo. A Miguel Ángel lo mataron un 13 de julio de 1997. ETA lo mató. Le arrebató la vida por defender aquello en lo que creía, por defender los valores de la libertad y trabajar por Ermua.
Él no se calló, lo callaron. Contrariamente, despertaron el grito de una sociedad unida en contra de la violencia, del señalamiento. ‘¡Basta ya!’. Y es que, en cada rincón de nuestro país, como una reacción natural, se propagó lo que se ha denominado como espíritu de Ermua. Es innegable que aquella reacción de la sociedad, no solo vasca sino del resto del territorio nacional, tras el secuestro de Miguel constituyó una primera evidencia intrínseca de la democracia. ’¡Asesinos, asesinos!’ o aquel ‘Hijos de perra’ del Diario 16. La sociedad levantaba la voz unánimemente por primera vez contra el terrorismo. Lo que ocurrió fue un chantaje, otro más, de ETA al Estado. Y es que, más de medio millón de personas llenaron las calles solo de Bilbao. Frente al asesinato terrorista fundamentado en las ideologías, los españoles se unieron en una misma causa, defendieron una sola idea: el cese de la violencia. Adolfo Suárez, José María Aznar y Felipe González sostuvieron juntos la pancarta en Madrid. Esa fue otra señal. ‘Miguel, te esperamos’.
La reacción internacional fue también una muestra de solidaridad y compromiso contra el totalitarismo del siglo pasado. Una exigencia y un clamor popular para el cese del derrame de sangre. Y debemos creer que no fue empatía, fue justicia, fue dignidad.
ETA ya no mata, pero piensa. Su brazo ideológico con representación parlamentaria nunca ha condenado el asesinato y una parte de la sociedad sigue legitimando la violencia que acabó con la vida de 857 personas. Es muy grave que en una democracia madura como la nuestra haya personas que puedan justificar la violencia por motivos ideológicos. Tal vez resida ahí su inmensa grandeza. Dentro de esta corrupción moral, los etarras siguen siendo homenajeados y el Gobierno continúa con su política de acercamiento de los terroristas. 98 presos han sido acercados al País Vasco desde que Sánchez se aferró a la Moncloa. Los socios exigen y la indignidad responde. Algunos han pasado de alzar las manos blancas a esconderlas rojas en los bolsillos.
Es un deber de los demócratas mantener encendida la llama del espíritu de Ermua y mantener viva la memoria de Miguel Ángel. Más del 60 % de los jóvenes no lo conocen ni saben su historia. Preocupa y mucho. Estamos asistiendo por primera vez a una desconexión generacional de los motivos fundacionales de nuestra democracia. Y algo tendrá que ver el nacionalismo vasco en todo esto.
Defender la libertad en el País Vasco suponía un tiro en la nuca, un coche bomba o una persecución de tus seres queridos. Hace unos días los demócratas sufrimos un déjà vu del 97. Sí, 24 años después. Mikel Iturgaiz, hijo del Presidente del PP Vasco, Carlos Iturgaiz; fue amenazado de muerte. ‘Fachita de mierda, te vamos a matar.’
Llegados hasta este punto, poco ayuda la ley de ‘des’Memoria Democrática. Una ley que arrastra el anacronismo histórico, que pretende cercar nuestra historia desde una única perspectiva y establecer un pasado de verdades absolutas manteniendo la continuidad de los ‘hunos y los hotros’. La ley de su memoria, solo la suya.
El olvido provoca que ahora las víctimas sean los que disparaban y los victimistas los que nos opusimos. Es justo mirar a los ojos a los que, como yo, no habían nacido para vivir este suceso y alejarlos, o rescatarlos más bien, del populismo, de la demagogia y del revanchismo. No dejemos que marchite la siembra de la democracia. Si escuchas la voz de la libertad, probablemente él te esté hablando. Te pido perdón, Miguel Ángel.
Con la paz y la palabra, a por ellos.
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